jueves, 10 de enero de 2013

LEPE, CAPITAL

Como capital que es, mi pueblo tiene su área metropolitana que me pateo siempre que puedo porque me gusta y me siento mejor paseándola que cuando lo hago por otras ciudades. Sus calles son de arena y sus aceras de tuneras y toda ella está poblada de árboles y zonas verdes hasta el punto que superamos a ciudades que ocupan los primeros puestos en zonas verdes por habitante en el mundo, como París o Vitoria. A veces tiro al este por el camino de la Dehesa y entonces entro en el cementerio a saludar a mis padres y a observar con perplejidad cómo esta gran capital que es mi pueblo no deja descansar a sus muertos en paz porque sus dirigentes han decidido reciclar sus tumbas, de forma que son incapaces de reservarles un metro cuadrado para su descanso eterno, como sucede en el cementerio de Montparnasse o en el de La Redondela, sin ir más lejos. Aquí, los dirigentes municipales solo le reservan un nicho de un palmo para sus huesos, en una operación urbanística especulativa sin parangón que clama al cielo. ¿Les sucederá acaso lo mismo a sus almas allí? Salgo de allí algo contrariado, pero a los pocos pasos doy con el núcleo metropolitano de la Dehesa y sus habitantes me saludan con su sonrisa limpia y hacen que me cambie el ánimo. Si han trabajado hoy estarán lavando o tendiendo la ropa; si no, charlando al fresco, rezando hacia levante o simplemente sonriendo. Unos pocos pasos más allá y la brisa del Piedras termina de limpiar mi conciencia. La mayor parte de las veces voy a la zona metropolitana que ha crecido al hilo de la antigua vía del ferrocarril bajo la sombra de los árboles centenarios de la Dehesa del Alcornocal. Aquí es donde más le gusta ir a Toby. Para llegar hasta aquel remanso de paz, he de cruzar por una de las vergüenzas urbanísticas de esta capital que es mi pueblo: una obra inacabada, hormigonada, abandonada y sucia donde se han invertido desde hace una década decenas de miles de euros de los contribuyentes sin que los dirigentes hayan sido capaces de terminarla a día de hoy. Si continúo adelante dejando las casitas de cartón y plástico del Alcornocal, donde el olor del campo se diluye como el azúcar con el aroma del té de mis amigos que allí habitan, llego hasta otra obra abandonada que los dirigentes están dejando morir lentamente, el puente de la Tavirona. Cuando dejo a María en el pabellón de deportes, tomo el camino paralelo al regajo de las Moreras donde se ha urbanizado con mucho acierto y sin intervención alguna de ingenieros, arquitectos ni dirigentes un par de distritos del área metropolitana de la capital que es mi pueblo. Me cruzo entonces con ciudadanos que eligieron aquella bella zona para vivir y que van, cuando el sol empieza a ponerse, vestidos de limpio al bar Triana a tomar café. De regreso, hay siempre muchos de ellos jugando al fútbol en una pista improvisada junto al polígono industrial de la Moreras que me traen a la memoria los partidillos que jugábamos en la última infancia en la Estación o en el Llano, donde nuestra impericia conseguía patear más la espinilla del contrario que el pobre balón, que las más de las veces era una simple pelota. Recojo a mi hija al finalizar el entrenamiento de baloncesto y nos vamos también a la Fuente Vieja a tomarnos un refresco en el bar Triana, allí, donde bulle la vida y la alegría como en ninguna otra parte de esta capital que es mi pueblo. Entonces le cuento a María historias propias del abuelo que soy ya y le digo que esa paz, esa sonrisa, esa belleza y colorido era la que se respiraba en mi pueblo cuando yo tenía su edad.

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